Otros efectos del pecado (además de ofender a Dios y a otros)

Publicado en 30. Mar, 2010 por en Nuestros mentores escriben

verdad consecuencias

Además de ofender y afectar a un Dios santo y a otros, el pecado también demanda un precio de quien lo comete.  Antes de ceder a la próxima tentación trata de recordar las siguientes consecuencias:

El pecado te decepcionará:

El pecado jamás cumple sus promesas.  Es indiscutible que el pecado produce placer pero frente al asalto de la tentación debemos recordar que esos placeres son pasajeros.  Todos sabemos lo que significa complacer a nuestra carne con la esperanza de sentirnos mejor, encontrar alivio, sentir emociones intensas, o satisfacer un anhelo profundo.  Sin embargo, ¿Puedes mirar hacia atrás y decir “¡vaya! ¡Sí que valió la pena!”?  Lo dudo.  Si eres franco, tal vez tengas que decir: “Toda gratificación que haya experimentado por esa decisión duró muy poco.  Y estoy seguro de que no valió la pena el precio que pagué por tenerla”.  Los placeres pecaminosos  simplemente no duran.  Tan pronto el “impulso” inicial se extingue, el disfrute se vuelve inevitablemente miseria, vacio, y vergüenza.

El pecado te engañará:

Entre más terreno le cedas al pecado, más perderás tu capacidad para discernir lo verdadero.  Cuando tu conciencia es profanada, poco a poco perderás su indicador moral, su capacidad de discernir lo bueno y lo malo.  Empiezas a pensar que el blanco es negro y viceversa.  Te vuelves ciego a la gravedad y alcance del pecado.  Cuando otros tratan de señalar esos puntos ciegos en lugar de humillarte y reconocer tu falta, te defiendes o insistes en que te juzgan injustamente, que de algún modo eres una excepción a la regla y que escaparas a las consecuencias.  El pecado te llevará poco a poco a transigir cada vez más, al tiempo que te convence de que eres capaz de manejarlo y de que no es tan malvado.

El pecado te dominará:

El pecado nos seduce con la ilusión de que es la entrada a la libertad.  La verdad es que quienes se divierten con el pecado finalmente se convierten en sus esclavos.  “Al malvado lo atrapan sus malas obra, las cuerda de su pecado lo aprisionan” (Proverbios 5:22)  “Ya que cada uno es esclavo de aquello que lo ha dominado” (2 Pedro 2:19) ¿Qué clase de libertad es vivir dominado por apetitos pecaminosos? ¿O sentirte obligado a ceder cada vez que tus apetitos carnales exigen ser alimentados? ¿O correr cada vez que el afán de complacer a tu carne toca a tu puerta?  Nos hacemos esclavos, esclavos del sexo, de la lujuria, de la comida, del entretenimiento, de los juegos, de la diversión, del trabajo, de los juegos, del ruido, de las actividades, del alcohol, de las drogas de las ocupaciones, de las terapias y de mucho más.  Hemos sido dominados por los mismos “placeres” que pensábamos que nos harían libres.

El pecado te destruirá:

La mayoría de nosotros se ha familiarizado tanto con el pecado que ya no lo vemos como un monstruo.  El pecado es más peligroso que los osos salvajes, más mortífero que el fuego.  Pregúntale a Sansón, que quedó reducido a su mínima expresión porque nunca logró controlar lo deseos de su carne.  Pregúntale a Ananías y a Safira, que perdieron su vida por “pequeños” pecados secretos.  No solamente los “pecados graves” que comete el vecino, compañero son mortíferos.  Tus “pecados leves” pueden ser igualmente destructivos.

J.C. Ryle advierte acerca del riesgo de ser ingenuo sobre los efectos del pecado y nos insta a verlo como el monstruo destructivo que es en realidad.

Temo que no comprendemos lo suficiente la extrema sutileza de la enfermedad de nuestra alma.  Somos demasiado propensos a olvidar que la tentación de pecar difícilmente se nos presentará como es en verdad y dirá: “soy tu amigo mortal y quiero destruir tu vida para siempre en el infierno”. ¡Claro que no! El pecado viene a nosotros, como Judas, con un beso, como una mano extendida y palabras lisonjeras.  El fruto prohibido le parecía bueno y codiciable a Eva y sin embargo la expulsó del Edén.  El paseo ocioso en la azotea de su palacio le pareció inofensivo a David y pese a esto terminó en adulterio y asesinato.  El pecado rara vez parece pecado en sus comienzos.

¿Te conformas con mantener “cierto grado de pecado” en tu vida, siempre que puedes controlarlo y manejarlo?  Toma nota: “No existen pecados pequeños.” Todo pecado que no ha sido confesado producirá una cosecha multiplicada.  Como advirtió Carlos Spurgeon: “Quienes toleran el pecado en lo que consideran asuntos intrascendentes, pronto cederán en los mayores.”  El pecado sexual es la punta del  iceberg que se asoma después que varios pecados ocultos (lujuria y mentira, por ejemplo) han sido ignorados o justificados, ya sea por quienes los cometen o incluso muchas veces por otros que evitan ser confrontador por temor a parecer intolerantes o acusadores.

¡No vale la pena! No vale la pena aferrarse a un solo pecado.  Oh, Señor, te ruego que nunca permitas que deshonre tu nombre considerando el pecado con ligereza. Amén.

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Un Comentario

Miguel Ramirez

31. Mar, 2010

Alguna vez alguien me dijo algo referido a este tema tocado, me dijeron: El enemigo no está jugando contigo, Satanás no quiere solo tentarte y estar molestandote para que no tengas una relación plena con Dios, Satanás quiero destruirte, quiere que te pierdas, quiere que llegues a la muerte. Esto me deja claro que no hay pecado ligero, no hay pecado en la que sea pequeño. Cristo vino para liberarnos de toda esta destrucción, ahora vivimos para él, ENTONCES VIVAMOS EN CRISTO!!!

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